martes, 11 de marzo de 2014

Mitología. Éolo (I)

Comenzaremos la historia haciendo referencia a la noble estirpe de Éolo, el de los vientos. A Heleno, su abuelo, algunos le consideran como uno de los fundadores de Grecia, al que sucedió Éolo, su hijo mayor y padre del guardián de los vientos.

El caso es que Heleno, además de a Éolo (padre), tuvo a Doro y a Juto, quien, a su vez, después de un lío por el que fue acusado de robo, tuvo a Ión y a Aqueo. Así pues, esta estirpe formó las cuatro naciones más famosas e importantes de Grecia: los jonios, los eolios, los aqueos y los dorios. Un pedigrí nada despreciable.

Pero lo que nos interesa hoy es la vida de Éolo padre (el de los vientos es el hijo). Éste, como ya es habitual en todos los personajes mitológicos, era un poco “travieso”, de tal manera que en una de sus tonterías sedujo a la profetisa Tía, también llamada Tetis, hija de Quirón, y compañera de caza de Ártemis. Como suele ocurrir en estos casos, y sobre todo en aquéllos en los que no se toman precauciones, la chica se quedó embarazada. Y mientras ella le daba vueltas al coco para ver cómo solucionar el problema, Posidón, amigo de Éolo, acudió en su ayuda y, para que nadie se enterara, la transformó temporalmente en una yegua hasta que pariera a su potrillo, que luego, al nacer, retrasnformó en una preciosa niña llamada Melanipe. Con esta nueva guisa, su padre, Eolo, para que nadie supiera de ella se la confió a un tal Desmontes.

En esto que la niña empezó a crecer y Posidón, que también tenía “travesuras”, no pudo reprimirse y zas, otro embarazo en la familia. Desmontes, el personaje que la adoptó, se tomó tan en serio su papel que, al enterarse del estado de la joven, la castigó encerrándola en una tumba donde apenas le daba de comer y donde nacieron dos gemelos. Desmontes, al enterarse del nacimiento, ordenó que los pequeños fueran abandonados en el campo para ser devorados por las alimañas. Pero claro, tratándose de quien se trataba, en lugar de ser comidos fueron rescatados por un pastor que pasaba por allí. El pastor, por casualidades de la vida, puso de nombre a uno Éolo  (éste sí, el de los vientos), mientras el otro tuvo que contentarse con el de Beolo.

Mientras esto ocurría, a poca distancia de allí, el rey de Icaria estaba bastante mosqueado con su mujer porque no le daba los hijos que él necesitaba; y hasta tal punto estaba caliente el tema entre la pareja que, mientras el buen rey se fue a consultar con un oráculo, la reina se puso en contacto con el pastor que recogió a los gemelos para ver si apañaban el asunto. Y naturalmente se pusieron de acuerdo, de tal manera que cuando volvió el rey de su viaje al oráculo se encontró con que su mujer había dado a luz dos preciosos niños. En la siguiente historia veremos que la reina resultó no ser tan estéril, con el consiguiente disgustillo para la pareja, y que Éolo hijo, antes de hacerse cargo de los vientos, tuvo una vida familiar poco recomendable.

Fin de la primera parte.


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