Comenzaremos la
historia haciendo referencia a la noble estirpe de Éolo, el de los vientos. A Heleno, su abuelo, algunos le consideran como uno de los fundadores de Grecia, al que
sucedió Éolo, su hijo mayor y padre del guardián de los vientos.
El caso es que
Heleno, además de a Éolo (padre), tuvo a Doro y a Juto, quien, a su vez,
después de un lío por el que fue acusado de robo, tuvo a Ión y a Aqueo. Así
pues, esta estirpe formó las cuatro naciones más famosas e importantes de
Grecia: los jonios, los eolios, los aqueos y los dorios. Un pedigrí nada
despreciable.
Pero lo que nos
interesa hoy es la vida de Éolo padre (el de los vientos es el hijo). Éste,
como ya es habitual en todos los personajes mitológicos, era un poco “travieso”,
de tal manera que en una de sus tonterías sedujo a la profetisa Tía, también
llamada Tetis, hija de Quirón, y compañera de caza de Ártemis. Como suele
ocurrir en estos casos, y sobre todo en aquéllos en los que no se toman
precauciones, la chica se quedó embarazada. Y mientras ella le daba vueltas al
coco para ver cómo solucionar el problema, Posidón, amigo de Éolo, acudió en su
ayuda y, para que nadie se enterara, la transformó temporalmente en una yegua
hasta que pariera a su potrillo, que luego, al nacer, retrasnformó en una
preciosa niña llamada Melanipe. Con esta nueva guisa, su padre, Eolo, para que
nadie supiera de ella se la confió a un tal Desmontes.
En esto que la
niña empezó a crecer y Posidón, que también tenía “travesuras”, no pudo
reprimirse y zas, otro embarazo en la familia. Desmontes, el personaje que la
adoptó, se tomó tan en serio su papel que, al enterarse del estado de la joven,
la castigó encerrándola en una tumba donde apenas le daba de comer y donde
nacieron dos gemelos. Desmontes, al enterarse del nacimiento, ordenó que los
pequeños fueran abandonados en el campo para ser devorados por las alimañas.
Pero claro, tratándose de quien se trataba, en lugar de ser comidos fueron
rescatados por un pastor que pasaba por allí. El pastor, por casualidades de la
vida, puso de nombre a uno Éolo (éste
sí, el de los vientos), mientras el otro tuvo que contentarse con el de Beolo.
Mientras esto
ocurría, a poca distancia de allí, el rey de Icaria estaba bastante mosqueado
con su mujer porque no le daba los hijos que él necesitaba; y hasta tal punto
estaba caliente el tema entre la pareja que, mientras el buen rey se fue a
consultar con un oráculo, la reina se puso en contacto con el pastor que
recogió a los gemelos para ver si apañaban el asunto. Y naturalmente se
pusieron de acuerdo, de tal manera que cuando volvió el rey de su viaje al
oráculo se encontró con que su mujer había dado a luz dos preciosos niños. En
la siguiente historia veremos que la reina resultó no ser tan estéril, con el
consiguiente disgustillo para la pareja, y que Éolo hijo, antes de hacerse
cargo de los vientos, tuvo una vida familiar poco recomendable.
Fin de la
primera parte.
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